Hay muchísimas cosas que me hacen llorar. Lloro por
admiración absoluta a una persona, a una actitud o a una forma de vida, lloro
por alegría, lloro por emoción, lloro porque me duele la cara de sonreír tanto,
lloro sin motivo alguno, pero rara vez lloro de pena.
El viernes pasado fue uno de esos raros días en los que
lloro de pena, pena que se transformó en admiración y me encogió el alma
erizándome la piel. No ocurrió nada especialmente espectacular, pero las cosas
simples, las del día a día, son las que más logran emocionarme.
Durante la clase la profesora quiso hacer referencia a su
relación de pareja, relación que ya no existía porque había enviudado hace una
semana. Al darse cuenta de lo que quería decir, se derrumbó y comenzó a llorar
contándonos que llevaba un año de lucha junto a su marido contra una enfermedad
que acabó finalmente con él hacía una semana.
Comencé a llorar sin poder evitarlo al imaginarme esa lucha,
al imaginarme lo que se siente cuando sabes que una persona que quieres va a
morir en un corto período de tiempo, cuando todavía es joven, y sin que tú
puedas hacer nada.
Mientras me reponía de esa historia la profesora ya se había
secado las lágrimas y continuaba la clase como si no hubiese pasado nada hacía
5 minutos. Fue entonces, cuando empecé a llorar de esta manera que a mí se me
da tan bien: de admiración. Admiración por alguien que siguió la clase porque
es psicopedagoga y, decía, no podía decirles a sus alumnos que algo así no
puede parar sus vidas y no dar ejemplo de ello.
Ante esa frase no pude hacer más que quererla.
Quererla y dar gracias de que existan personas así, personas
que a pesar de estar pasándolo fatal sacan una sonrisa y te dan una clase estupenda
sin flaquear ni un segundo, y diciendo cosas como “no hemos venido al mundo a
salvarlo, así que procuremos salvarnos a nosotros mismos, intentemos que el
hecho de estar triste por los males del mundo no signifique que no queremos
profundizar en los nuestros, y será entonces cuando podremos salvar a alguien
más”.
Al terminar la clase sólo pude decirle una cosa: gracias.