sábado, 10 de noviembre de 2012

Hablemos de nosotros, y luego de los demás...


        A veces nos repetimos, a veces no podemos evitar volver a sorprendernos cuestionándonos lo efímera que es la vida, en concreto, la amistad.

        Es por eso que cada vez matizamos más nuestra respuesta, nuestra reflexión sobre la gran pregunta ¿quiénes son mis amigos?

        Pero quizá la pregunta está mal enfocada y no nos damos cuenta, quizá la pregunta que mejor contesta a todas las demás es ¿Quién soy?

        Porque cambiamos. Cambiamos porque nos damos cuenta de que ya no queremos ser quienes somos y no queremos sentir de la misma manera. Cambiamos inevitablemente, y esperamos que nuestras amistades lo hagan con nosotros.

        Pero eso no siempre ocurre así.

        Por eso pienso que cuando perdemos un amigo tan solo significa que hemos cambiado, y que él aún no, o que quizá ya cambió hace tiempo y eres tú el que todavía no lo ha hecho, que nuestra forma de entender la vida o nuestra manera de querernos ya no es la misma, y tan solo si esa amistad es sólida sabrá esperar a que volváis a estar en el mismo punto, quizá, para retomarla por donde la dejasteis.


        Gracias a los que me cogen de la mano en cada cambio y a los que me encuentro en cada uno de ellos, a los demás, os espero en la próxima parada ;)

martes, 6 de noviembre de 2012

Catástrofes no naturales.

        La verdad es que no sabría definir exactamente lo que es una catástrofe no natural, pero sé que lo que se aproxima es una de ellas.

        Lo sé porque llevo 5 años estudiando una licenciatura que el máximo fruto que me dará a corto, o no tan corto, plazo es media línea en el currículum. Porque la ilusión de mi vida es ser profesora desde que tengo uso de razón y a día de hoy mi futuro, como el de miles de personas preparadas, no puede estar más en el aire. Porque están echando a la calle a profesionales competentes, que estarán, como es normal, delante de mí en las listas para volver a entrar, listas que todavía ni se huelen. Plazas que no existen porque las sustituciones las llevan a cabo los funcionarios fijos cobrando el mismo sueldo, y si no les parece bien a la calle, que los recortes en educación son prioritarios.

        Lo sé porque nunca he tenido tanto miedo, miedo a lo que hay, miedo a lo que vendrá.

        Lo sé porque me están exigiendo en un máster de profesorado que prepare una programación didáctica que muchos "profesionales" que están ejerciendo no saben ni preparar, cuando ellos son los que están dando clase y cuando a lo mejor yo no las doy en 10 años.

        Lo sé porque somos la generación mejor preparada, y la más parada.

        Como en todas las catástrofes esperamos siempre que no nos toque a nosotros lo peor, poder agarrarnos en el último momento a ese tronco que aparece de la nada para salvar la vida. Pero me niego a esperar a que ese tronco aparezca como un milagro, así que no sé el resto del mundo, pero yo voy a empezar a plantar árboles.

viernes, 2 de noviembre de 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

Gracias...


        Hay muchísimas cosas que me hacen llorar. Lloro por admiración absoluta a una persona, a una actitud o a una forma de vida, lloro por alegría, lloro por emoción, lloro porque me duele la cara de sonreír tanto, lloro sin motivo alguno, pero rara vez lloro de pena.

        El viernes pasado fue uno de esos raros días en los que lloro de pena, pena que se transformó en admiración y me encogió el alma erizándome la piel. No ocurrió nada especialmente espectacular, pero las cosas simples, las del día a día, son las que más logran emocionarme.

        Durante la clase la profesora quiso hacer referencia a su relación de pareja, relación que ya no existía porque había enviudado hace una semana. Al darse cuenta de lo que quería decir, se derrumbó y comenzó a llorar contándonos que llevaba un año de lucha junto a su marido contra una enfermedad que acabó finalmente con él hacía una semana.

        Comencé a llorar sin poder evitarlo al imaginarme esa lucha, al imaginarme lo que se siente cuando sabes que una persona que quieres va a morir en un corto período de tiempo, cuando todavía es joven, y sin que tú puedas hacer nada.

        Mientras me reponía de esa historia la profesora ya se había secado las lágrimas y continuaba la clase como si no hubiese pasado nada hacía 5 minutos. Fue entonces, cuando empecé a llorar de esta manera que a mí se me da tan bien: de admiración. Admiración por alguien que siguió la clase porque es psicopedagoga y, decía, no podía decirles a sus alumnos que algo así no puede parar sus vidas y no dar ejemplo de ello.

        Ante esa frase no pude hacer más que quererla.

        Quererla y dar gracias de que existan personas así, personas que a pesar de estar pasándolo fatal sacan una sonrisa y te dan una clase estupenda sin flaquear ni un segundo, y diciendo cosas como “no hemos venido al mundo a salvarlo, así que procuremos salvarnos a nosotros mismos, intentemos que el hecho de estar triste por los males del mundo no signifique que no queremos profundizar en los nuestros, y será entonces cuando podremos salvar a alguien más”.

        Al terminar la clase sólo pude decirle una cosa: gracias.